
Hay buenas razones para pensar que no sólo el CD musical, sino el concepto mismo del disco como soporte físico para la música está en fase terminal. La aparición de tecnologías que facilitan y abaratan considerablemente la producción, acumulación e intercambio libre de registros sonoros y los cambios de hábitos en el consumo derivados de todo esto así parecen certificarlo. Para mí es una pésima noticia, profesional y personalmente. Profesionalmente, porque buena parte de mi actividad se desarrolla en torno a la producción discográfica (este blog obviamente lo confirma). Personalmente, porque soy un discófilo empedernido. Más aún, creo que mi relación con el objeto CD (y subrayo con toda la intención el término 'objeto') tiene rasgos de naturaleza fetichista.
Amo los discos (sí, el plástico, el papel, el cartón, los dibujitos, las fotos, la serigrafía, los diseños, la composición de los textos...), no diría que independientemente de su contenido sonoro, pero sí en estrechísima relación con él. Si no copio cedés es principalmente por esto. Tengo algunas copias hechas de forma primorosa por un amigo (que se entretenía no sólo en pasarme el contenido sonoro del disco, sino en reproducir de manera minuciosa y artesanal la parte material del producto) y alguna otra que fue realizada por necesidades de trabajo (aunque éstas termino siempre regalándolas o tirándolas directamente a la basura).
Por la misma razón, no me bajo música por Internet (salvo contadísimas excepciones, que incluyen algunas canciones pop que llevo en el coche y en el teléfono y alguna cosa muy concreta que he necesitado por cuestiones de trabajo). Como oyente, no me interesa en absoluto el formato mp3, aunque, por razones de comodidad, lo utilice para colgar música en el blog y para oír en el coche o mientras hago deporte. No es que tenga un equipo de sonido de altísima gama, porque no me lo puedo permitir y tampoco dispongo de espacio suficiente para disfrutar de él, pero sí un equipo de alta fidelidad mínimamente decente. Soy incapaz de entender cómo puede haber aficionados que se autocalifican de grandes melómanos escuchando música en un ordenador. En mi opinión las audiciones ratoneras a través del PC suponen una de las dos grandes pérdidas del cambio de costumbres vinculado al avance tecnológico (y que haya aficionados a la clásica que lo practiquen de forma habitual me llena de pasmo). La segunda es la desaparición casi total de los puntos de distribución minorista, esos que mantenían colecciones de fondo que uno no se cansaba de recorrer semana tras semana aunque las conociera al detalle.
Algunos amigos me dicen que si pienso así es porque los discos me los regalan. Obviamente, no es cierto que me los regalen (y si muchos de ustedes supieran lo que se paga, incluso en los medios más generosos, por la reseña de un disco no podrían dejar de pensar igual que yo; es más, a algún conocido especialmente insistente le propuse una vez cambiar mensualmente el 30% de su nómina por los discos que me regalan... y calló); tampoco es cierto que mi forma de actuar variara mucho en el caso de que mi dedicación profesional fuera otra. Tendría desde luego menos discos de los que tengo ahora, seguramente el porcentaje de copias sería algo mayor (en cualquier caso, no creo que fuera muy superior, pues dudo mucho de que las conservara) y mi casa no se habría convertido aún en escenario de duros combates darvinianos por la supervivencia (la batalla de la adaptación al medio la van perdiendo los libros, qué le vamos a hacer), pero nada más.
Con contadísimas excepciones, el disco hace años que dejó de ser negocio para los músicos (y me refiero siempre al sector clásico); ya está empezando a dejar de serlo para los productores y los distribuidores, es decir, para la industria, y eso lo condena sin remedio. Paradójicamente, vivimos un momento excepcional en la producción fonográfica, pues el espacio que han ido dejando las grandes multinacionales ha sido ocupado por sellos pequeños, mucho más flexibles y audaces, que han multiplicado no sólo el volumen de la producción, sino en muchos casos, la calidad, reforzando y ampliando los márgenes del repertorio. Sinceramente, no estoy seguro de que esta situación pueda sostenerse mucho tiempo. La comodidad y el abaratamiento de costes que supone la distribución online (legal o ilegal, para el fondo del asunto es poco relevante) acabará imponiéndose de forma irremediable. Nada más lejos de mi intención que hacer de la más que previsible desaparición del CD musical un drama. Es lo que hay, y no cabe el rasgado de vestiduras por ello. El CD subsistirá seguramente como objeto de culto o de lujo y será utilizado básicamente de forma promocional, que es el principal atributo que tiene ya hoy para la inmensa mayoría de los músicos clásicos del mundo.
Mientras eso llega, cabe certificar que la relación de la industria con los artistas, por un lado, y con los consumidores, por otro, ha cambiado de manera radical en las dos últimas décadas. Hasta hace poco, las grandes corporaciones imponían de forma incontrovertible sus criterios, seleccionaban a los artistas y los repertorios que podían escucharse, y el resto no tenía más remedio que callar y aguantarse, cuando no patalear en vano. Hoy, cuando una grabación tiene un coste asumible casi por cualquier músico que comienza y su copia y distribución no necesita de intermediarios ni de grandes inversiones, los productores se mesan los cabellos y reclaman medidas policiales para controlar el flujo natural de las relaciones humanas en un medio que no terminan de entender (o que entienden demasiado bien, pero no aceptan). Los artistas más famosos ya no ganan fortunas con los discos, cierto, pero ahora grabar un disco está al alcance de cualquiera, por lo que no creo que la profesión salga perdiendo, como algunos quieren hacernos ver; los consumidores tienen por su parte acceso en condiciones aceptables de calidad y precio a un repertorio inimaginable hace sólo unos años, por lo que incluso se sienten con la fuerza de elevar peticiones en abstracto, como la de este grupo de aficionados que reclama a la industria del disco la grabación de un cedé por parte de un intérprete concreto, la soprano italiana Roberta Invernizzi, de un repertorio concreto (arias alternas de Vivaldi y Haendel que se especifican en la petición). Está claro que en asunto de discos, no soy yo el único fetichista vivo...