martes, 12 de mayo de 2009

La herencia bachiana

Daniel Müller-Schott
ORQUESTA DE CÁMARA DE STUTTGART

X Ciclo de Música de Cámara de la Fundación Cajasol. Solista: Daniel Müller-Schott, violonchelo. Director: Michel Hofstetter. Programa: Sinfonía de cuerdas nº12 en sol menor de Felix Mendelssohn-Bartholdy; Concierto para violonchelo nº1 en do mayor de Joseph Haydn; From Jewish Life de Ernest Bloch; Noche transfigurada Op.4 de Arnold Schoenberg. Lugar: Sala Joaquín Turina del Centro Cultural Cajasol. Fecha: Lunes 11 de mayo. Aforo: Dos tercios de entrada.

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LA HERENCIA BACHIANA Y EL FUTURO DEL CELLO

De las orquestas de cámara convencionales que en los últimos años han visitado el ciclo de Cajasol, la de Stuttgart, que cerró anoche la programación del décimo aniversario, es sin duda la mejor. Fundado en 1945 por Karl Münchinger y dedicado durante buena parte de su historia a la interpretación de la música de Bach, el conjunto conserva la disciplina y el sentido de honda y equilibrada seriedad que le imprimió el gran maestro germano, pero en los últimos años ha incorporado además algunos de los avances de las prácticas auténticas, lo cual se hace ya casi imprescindible en la interpretación de obras del Clasicismo y del primer Romanticismo.

Así y todo, Michael Hofstetter, que es conocido entre nosotros por, entre cosas, haber dirigido en el Liceo de Barcelona el Julio César de Haendel en la producción de Wernicke que en octubre se vio en el Maestranza, hizo un Mendelssohn al que le faltó un último hervor, un más arriesgado tratamiento de acentos y ataques para alcanzar el punto de ebullición dramático que los mejores conjuntos de instrumentos de época han conseguido ya con esta música. La orquesta demostró en cualquier caso empaque, claridad de planos y un sonido de una reciedumbre que se hizo afectuosa en el hermoso Andante central.

Mucha más ligereza pudo apreciarse en el Concierto de Haydn, posiblemente impulsada por el arco impetuoso del estupendo Daniel Müller-Schott (Múnich, 1976) que mostró no sólo un sonido redondo, afinado siempre a la perfección, carnoso y con garra, sino que tocó con articulaciones muy marcadas y con un uso del vibrato limitado a cuestiones ornamentales. La extrema brillantez en la cadencia del primer movimiento se convirtió en el Adagio central en una expresividad de entraña casi schubertiana y en el Finale en un vigoroso sentido del ritmo, que casi deja al conjunto sin concertino. Muy lírica y elegante, eludiendo la atmósfera untuosa, su interpretación de la obra de Ernest Bloch, de delicadas texturas y tono casi religioso. Se despidió ovacionado con una pieza de George Crumb.

Pulcra e intensa la Op.4 de Schoenberg en su versión orquestal, si bien los pasajes más agitados resultaron algo blandos, sin esa profundidad de decadente expresionismo que alientan estos pentagramas, cierre de un año en Cajasol que empezó titubeante y acabó en punta. ¿Continuará?

[Publicado en Diario de Sevilla el martes 12 de mayo de 2009]