sábado, 20 de diciembre de 2008

Zapaterito

Era un tipo inagotable. Tenía la obsesión del salón de música del barco, y en cuanto oía tocar el piano iba corriendo a su camarote, se ponía lo que él llamaba el traje de oír música y volvía precipitadamente para colocarse al lado del que tocaba, dando muestras de un enternecedor arrobamiento artístico. El llamado "traje de oír música" consistía en unos pantalones de franela, una camisa con mangas cortas y una boina; es decir, un traje de pelotari. No sé qué extraña relación hallaba su disparatada cabeza entre una cosa y otra.

Lo que al parecer le conmovían más eran las romanzas sentimentales. Una vez estaba una muchacha cantando una romanza tiernísima, acompañada al piano por su madre, y Zapaterito dio tales muestras de entusiasmo que la madre y la hija le tomaron por un ferviente melómano. La niña, complacida, invitó a Zapaterito a que la acompañase al piano, y con gran estupefacción de los que presenciábamos la escena vimos que nuestro camarada, ni corto ni perezoso, se colocó impávido ante el teclado. "¿Qué pensará hacer?" −nos preguntábamos los que sabíamos que en su vida había visto un pentagrama. Con una seriedad escalofriante repitió el viejo truco de ponerse a buscar la manivela.

− ¿Qué busca usted? −preguntó extrañada la jovencita.
− Eso... Buscaba eso que sirve para darle vueltas...
− ¡Pero si éste no es un piano de manubrio! −rugió la madre.
− ¡Ah! Entonces tienen ustedes que perdonarme −replicó Zapaterito−; yo los pianos que sé tocar con mucho arte son ésos que suenan dándole vueltas a una manivela.

Se hizo amigo de un viejo francés, pianista también, sostenía con él largas conversaciones sobre temas musicales. Llegó a hacerle cree que era cantante de ópera, y el crédulo francés se empeñó en oírle cantar algún trozo selecto. Zapaterito se excusaba siempre, pero un día accedió a dejar oír su preciosa voz. El pianista acometió el "Adiós a la vida" de Tosca, y Zapaterito abrió la boca y se puso a lanzar unos berridos y a hacer unos gorgoritos tan extraños, que el francés, furioso, cerró de golpe el teclado y le pegó en la cabeza con la partitura a nuestro desaprensivo camarada.

[Manuel Chaves Nogales, Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas, 1935, en Obra narrativa completa, 2 volúmenes, edición de Maribel Cintas Guillén, Diputación de Sevilla, 1993]