domingo, 21 de diciembre de 2008

Sangre y arena

La música con la que Bizet da cuenta de Escamillo tiene el efecto de una brillante vestimenta, destinada a un personaje que vale sobre todo para subrayar las carencias y la impotencia seductora de Don José. Personaje al que éste, con lógica ambivalencia, admira y odia, al proyectar sobre él su sueño de hombre logrado: aquello mismo que él ambicionó y en lo que ya sólo puede pensar, en parte con melancolía, y en parte con ira, como un imposible.

Pero para Bizet, Escamillo es más que un personaje porque tangencial con él vibra una atmósfera: la de la corrida, que él arrastra como algo propio, pero que también lo desborda y amplifica, hasta llegar a establecerse a través de ella la connivencia esperada: la del escenario andaluz. En el tema de la corrida está la clave de la capacidad evocadora de la obra. Ahí Bizet, que nunca pisó Andalucía, jugó una gran baza imaginativa y encontró la atmósfera múltiple y orgiástica acorde para ilustrar el escenario andaluz en una de sus notas más diferenciadas, enmarcándola y conjuntándola con el tema trágico del destino, del amor fati encarnado por Carmen.

La presencia de Escamillo y el paroxismo musical que la corrida implica contagian, con su aire de muerte inaplazable, la verosimilitud del aspecto trágico reclamado por el destino de Carmen, que se inscribe en esa tradición literaria tan occidental del amor que demanda muerte –con esa forma radical de aguijonearse, así, la sensualidad y agudizarse el deseo–, pero, además, la función encomendada a Escamillo posibilita que se redoble la simetría de los lances mortales. Ese paralelismo de la última escena, en la que, como apunta Cansinos, "los alaridos de la mujer victimada confúndense con el atronador vocerío de la exaltada muchedumbre", constituye uno de los grandes hallazgos de Bizet.

Son momentos en que la muerte se introduce con todo su peso trágico en la vida de los tres. Escamillo confiaba en poseer a Carmen gracias a su triunfo en la corrida, triunfo que exigía la muerte del toro. Don José, para no perder a Carmen, debe matarla, pero eso significaba también quitarle todo el sentido a su vida, y acabar, pues, consigo mismo. Y Carmen, para continuar siendo Carmen, no puede ceder al deseo de Don José, lo que ha de suponerle la muerte.

La función de Escamillo puede extenderse también a constituir el único contrapunto de alborozo dentro de la trágica atmósfera final. El diestro –independientemente de que su triunfo quede para él ennegrecido por la pérdida de Carmen– ha vencido en la plaza al toro que le estaba destinado. Y con él han triunfado también los que han juntado sus vehementes voluntades en forma de coro, se han identificado con el torero, se han aglutinado alrededor de ese círculo de sangre y arena que es el ruedo y han vitoreado al héroe que ha hecho perecer a la fiera instintiva que agoniza a sus pies.

[Alberto González Troyano, Don Juan, Fígaro, Carmen, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2007]

2 comentarios:

Papagena dijo...

Sielos! Nunca había pensado tan profundamente sobre el pobre Escamillo, pero esta reflexión es interesantísima.

Y dígame usted, ¿qué versión de Carmen es la que prefiere?

Pablo J. Vayón dijo...

Uf, eso es complicao. Seguramente, si me tuviera que quedar con una Carmen (el personaje) sería con Teresa Berganza, aunque globalmente me gusta mucho la de Beecham con Victoria de los Ángeles (esa voz tan delicada y dulce en un personaje como ése... tiene mucho morbo). Y la Callas, claro, cantando ya como si tuviera un hueso de melocotón en la boca, pero nadie ha dicho como la Divina (y nadie lo dirá nunca) aquello de "Au quartier?... Pour l'appel?". Y la grabación esa que hay en vivo de Carlos Kleiber con Obraztsova y Domingo no está mal tampoco.