viernes, 9 de enero de 2009

Por el violín hacia Dios

Bach y Gubaidulina por Mutter en DG
IN TEMPUS PRAESENS
Anne-Sophie Mutter, violín
Trondheim Soloists (Bach)
Orquesta Sinfónica de Londres
Director: Valery Gergiev

Johann Sebastian Bach (1685-1750):
1. Concierto para violín, cuerdas y continuo en la menor BWV 1041
2. Concierto para violín, cuerdas y continuo en mi mayor BWV 1042

3. Sofia Gubaidulina (1931): In tempus praesens - Concierto para violín y orquesta (2006/07)
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DEUTSCHE GRAMMOPHON 477 7450 (Universal) [62'38'']
Grabaciones: Febrero de 2007 (Bach); Febrero de 2008


Fallecido Messiaen en 1992, el peso de la relación entre la música occidental y la religión se volcó del lado de los compositores del este de Europa, fundamentalmente de los nuevos países salidos de la ruptura de la URSS y, por supuesto, de la propia Rusia: nombres como los de Pärt, Gubaidulina, Ustvolskaya o Tavener (inglés, pero vinculado a la iglesia ortodoxa) adquirieron de repente un inesperado protagonismo, que tuvo que ver también con el final abrupto de las vanguardias y la extensión del gusto por una música que hacía del estatismo una forma de éxtasis que pretendía conducir a una nueva espiritualidad, vinculada de forma muy evidente a las filosofías orientales, y no pretendo con ello meter en el mismo saco a los compositores nombrados, de estilos bien diferentes, incluso contrapuestos, si no es por su aspiración de crear lazos entre creación artística y trascendencia religiosa.

Sin ir más lejos, el estilo de Gubaidulina no tiene nada que ver con los de Pärt o Tavener. La rusa se ha convertido sin duda en una de las más conocidas compositoras de nuestros días, con una música que une aspiraciones místicas y expresionismo, de indudable raíz romántica. En este Concierto para violín, dedicado a Anne-Sophie Mutter, Gubaidulina ha querido dejar clara la simbología sonora: los sonidos agudos representan al cielo, los graves (con trombones, tuba o fagot), al infierno, de modo que los unísonos se convierten en símbolo de la unidad divina. La obra se divide en cinco episodios que suenan sin solución de continuidad y prescinde de violines en la orquesta, por lo que el diálogo entre el solista, que se mueve permanentemente en la esfera celeste, y el conjunto es una especie de lucha sin tregua entre luz y sombra. Algunos comentarios de Anne-Sophie Mutter sobre la obra:
El violín solo se hace escuchar constantemente y domina el diálogo con la orquesta. Al mismo tiempo, la orquesta sigue al violín como si fuera su sombra, principalmente porque los temas que toca el violín son repetidos en eco por los violonchelos y las violas. Esta estrecha malla es la que realza el dramatismo de la obra. Además, la imploración inicial del violín, parecida a la de un salmo, produce de entrada un efecto opresivo. La obra no deja en ningún momento de retomar su aliento. /.../ Hacia el final, el éxtasis reaparece de nuevo con las tubas wagnerianas, que evocan un inmenso sentimiento de revuelta, como si Brunilda apareciera de repente a caballo... una victoria conseguida sobre el destino. Maravillosamente plácido, el fin del concierto evoluciona en el extremo agudo, aunque las cuerdas graves nos recuerden una vez más las tinieblas y el combate que libran In tempus praesens la oscuridad y la luz. Escucho justo ahí el último coral de Bach, Vor deinen Thron tret ich hiermit. Bañada en una atmósfera de elevación espiritual, la obra se acaba sobre un fa sostenido agudo. /.../ Ha sido, sin exagerar, la más grande experiencia que yo haya vivido con una partitura contemporánea. Esta pieza es de una extrema densidad emocional.
Obra intensa, sí, que permite a la violinista alemana no sólo hacer demostración de extraordinaria técnica, sino también mostrar su capacidad para acentuar los contrastes expresivos de una estética que se decanta de forma decidida por un sentido dramático y trágico que compensan algunos afilados y siempre bien dispuestos pasajes líricos. Gergiev acompaña con una precisa y compacta Sinfónica de Londres. En esta atmósfera, la asociación con Bach surge de forma natural, pues la propia Gubaidulina lo reconoce como su gran inspirador, y por ello Mutter ha querido fundir el Concierto de la rusa con los dos conciertos violinísticos del Cantor, para lo que se ha reunido de nuevo con los Trondheim Soloists (con los que dejara ya su última grabación de las Cuatro estaciones de Vivaldi): sus interpretaciones son moderadas en todo, lejanas a los más expresivos y agresivos planteamientos barrocos, pero también a las antiguas romantizaciones, que tanto sufrió Mutter junto a su gran mentor Karajan. Se dejan oír, pero no justifican el disco. La obra de Gubaidulina, sí.





1 comentario:

ana de la robla dijo...

El Bach de Mutter no me gusta nada. Pero nada. Está muy lejos del Barroco y de Bach en particular: cuando lo toca no parece él, es otra cosa, algo irreconocible y, por supuesto, precindible. En cambio, en las partituras contemporáneas es brillante, y su Gubaidulina no es una excepción. Besos.