viernes, 31 de octubre de 2008

Los colores de la Creación

La pianista vitoriana Patricia Azanza
ROSS

2º Programa de abono de la Temporada 2008-09. Solistas: Patricia Azanza, piano; Joaquín Morillo, trompa; Iñaki Martín, glockenspiel; Gilles Midoux, xilorimba. Director: Marc Soustrot. Programa: Des canyons aux étoiles (De los cañones a las estrellas) de Olivier Messiaen. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Jueves 30 de noviembre. Aforo: De dos tercios a media entrada.

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LOS COLORES DE LA CREACIÓN

Es muy de agradecer que los responsables de la ROSS no hayan despachado la efemérides del centenario de Olivier Messiaen programando una pieza de compromiso y se hayan decidido por ofrecer una de las obras más monumentales de su autor, la segunda en duración de todo su catálogo, sólo superada por la ópera San Francisco de Asís.

De los cañones a las estrellas es, como tantas otras obras de Messiaen, un canto de glorificación a Dios, en este caso a través de la contemplación extasiada de la Creación (pues los 'cañones' del título no hacen referencia a las armas fabricadas por los hombres, sino a las formaciones geológicas modeladas durante milenios por la Naturaleza). Obra a la vez religiosa y cosmológica, en la que toda la capacidad de invención del compositor se pone al servicio de una música en la que color, ritmo, armonía, melodía se imbrican en un tapiz sonoro de extrema originalidad y asombroso poder evocativo.

El dispositivo instrumental resulta por completo inusual: se requieren menos de 50 instrumentistas, con más vientos que cuerdas, aunque estas últimas están sin doblar (13 voces auténticas, independientes), con un impresionante contingente de artefactos percutivos, entre los que destaca la presencia del eolífono, y con cuatro solistas, entre los que el piano tiene amplios pasajes en solitario. Dar sentido, unidad, coherencia y expresión a todos estos elementos es tarea ciertamente difícil; de ella se encargó Marc Soustrot, maestro bien conocido ya y muy apreciado en Sevilla tanto en el repertorio francés como en el alemán. Que el director galo se atreviera a montar esta obra en una semana de trabajo normal tiene ya su mérito, que los músicos de la ROSS la hayan aprehendido en ese tiempo, también, porque detrás de lo escuchado ayer se adivina mucho (y muy bien hecho)trabajo.

Soustrot sostuvo el edificio admirablemente, casi sin caídas de tensión, logrando momentos de gran intensidad (ese inmenso crescendo que cierra la segunda parte) y una claridad por momentos pasmosa, pero los elogios más entusiastas cabe dirigirlos al equipo de solistas, tres de ellos salidos de la propia orquesta. Impresionante Joaquín Morillo en el pasaje para la trompa sola, con un trabajo sobre los armónicos del instrumento que hay que tener mucho talento para imaginar y gran calidad técnica para solventar. Impecables los dos percusionistas (aunque eso ya es una norma en el trabajo cotidiano del conjunto). Grandísima Patricia Azanza, que supo calibrar, matizar y componer la complejísima parte pianística con un sonido a la vez hondo y sensual, de una casi infinita gama de colores. Bravo.

[Publicado en Diario de Sevilla el viernes 31 de octubre de 2008]

P. S. Llegué a la redacción muy tarde y me encontré con que me habían dejado bastante espacio para escribir. Entre las cosas a las que le había estado dando vueltas mentalmente en el trayecto del teatro al periódico, estaba por supuesto la huida de al menos un tercio de los espectadores en el descanso, pero una vez me puse a escribir me di cuenta de que si hacía algún comentario al respecto prácticamente no me iba a quedar sitio para comentar la interpretación. Podía rehacer la primera parte de la crítica (y con más tiempo es lo que habría hecho, lo que he hecho otras muchas veces cuando llego al final y no estoy satisfecho con la proporción de espacio dedicada a cada cuestión que me parece reseñable), pero el tiempo apremiaba, pues mi página era la última que quedaba para cerrar la edición, así que decidí obviar el tema. Pero no quería dejar pasarlo, por eso lo traigo aquí, y es que me resulta bastante incomprensible. El rechazo a una obra de Messiaen (a una obra como ésta, además) sólo puede provenir de un prejuicio descomunal hacia eso que, nebulosamente se ha llamado 'música contemporánea'. El gran aficionado y buen conocedor puede sentir más o menos afinidad, estar más o menos interesado, pero una vez en la sala jamás rechazará la ocasión (¡única posiblemente en la vida en una ciudad como Sevilla!) de escuchar ese monumento; el aficionado nuevo o débil a la música, que llega absolutamente virgen a la obra de Messiaen, pero con los oídos limpios, es también casi imposible que pueda rechazar una música como ésa. Queda el aficionado ese al que cuando le preguntan por la música clásica contesta que "le gusta mucho, que le relaja", ese para el cual la historia de la música empieza con El Mesías y termina con La consagración de la primavera. Su peso real en el grupo de personas que asiste a los conciertos de manera habitual puede medirse por las ausencias y las fugas en días como el de ayer. (Estos aficionados tienen todo el derecho del mundo a sus prejuicios y sus huidas, por supuesto, que nadie me lea mal: la gente es por completo libre de hacer con su tiempo lo que le plazca y de usar la música como mejor le parezca. Simplemente constato el hecho, que condiciona sin duda el tipo de programación que cada espacio se merece).