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miércoles, 5 de agosto de 2009

Delirio

Daniel Barenboim con la Orquesta West Eastern Divan en el Teatro de la Maestranza de Sevilla el 2 de agosto de 2009 (© Juan Carlos Vázquez / Diario de Sevilla)
FIDELIO

Ópera en dos actos, con música de Beethoven (versión de concierto). Solistas: Waltraud Meier, mezzosoprano (Fidelio / Leonore); Simon O’Neill, tenor (Florestán); Peter Mattei, barítono (Pizarro); John Tomlinson, bajo (Rocco); Adriana Kucerova, soprano (Marzelline); Stephan Rügamer, tenor (Jaquino); Viktor Rud, barítono (Don Fernando). Orfeón Donostiarra. Orquesta del West Eastern Divan. Director: Daniel Barenboim. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Lunes 3 de agosto. Aforo: Tres cuartos de entrada.

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DELIRIO COLECTIVO EN EL MAESTRANZA

Casi un cuarto de hora de vítores y aplausos de un público puesto en pie culminó el Fidelio de concierto que Barenboim presentó el lunes en Sevilla. Una respuesta que es casi imposible de ver en el Teatro de la Maestranza en sus temporadas regulares, y no porque la programación no haya dado pie a ello en más de una ocasión. Antes al contrario, en los últimos años se han visto en Sevilla espectáculos perfectamente equiparables en calidad (si no, superiores) al ofrecido antes de ayer por el maestro bonaerense, pero parece que sólo el público no habitual al coliseo maestrante está dispuesto a dejarse llevar por la pasión más ferviente.

La función (de concierto, lo que nunca deja de ser decepcionante tratándose de teatro lírico) tuvo desde luego un altísimo interés. Barenboim utilizó como obertura la Leonora III (que suele tocarse también como interludio del segundo acto: así, Pedro Halffter hace un par de años en las funciones representadas que ofreció este mismo teatro), y los diálogos (Fidelio es un singspiel, por lo que originalmente mezcla partes habladas y cantadas) fueron sustituidos por una narración, original de Edward Said, que ofrece Leonora, instalada en un hipotético futuro desde el que recuerda y reflexiona sobre los acontecimientos que se desarrollan durante la ópera.

El vigor y la tensión extrema de la obertura la trasladó el director argentino-israelí a toda la obra. Pasados los números cómicos del primer acto, cuya ligereza fue enfatizada por la batuta, se instaló en la escena un clima dramático y exaltado, que refleja bien la visión de un Beethoven heroico, recio, musculoso, cargado de resonancias épicas y metafísicas, lo que no estuvo reñido con la claridad general de las texturas y el refinamiento y la calidez del fraseo. Hubo, en cualquier caso, imprecisiones en algunas entradas (en la obertura, sin ir más lejos) y un exceso de decibelios en determinados pasajes, lo que afectó a las voces, pero, impulsado por la electrizante batuta, la respuesta del conjunto orquestal fue globalmente notable (con algún que otro apuro, más evidente en las trompas), aunque sin alcanzar el estado de gracia, el equilibrio y la claridad del concierto sinfónico del día anterior. Respuesta adecuada del Orfeón Donostiarra, una maquinaria que sigue perfectamente engrasada.

Waltraud Meier se sacó la espina de su irregular actuación de 2008 en el mismo Maestranza durante un recital de cámara y compuso su personaje de forma magistral. Fue ya una delicia escucharla como narradora y, obviando algunos agudos gritados al final (impulsada sin duda por un sonido orquestal demasiado poderoso), mostró mantener su voz en un nivel altísimo: homogénea, bien colocada siempre, reluciente arriba, con una extraordinaria capacidad para la matización (prodigiosa en su aria, con la que fue aclamada), una limpidez prosódica y una elegancia en el fraseo admirables. Simon O’Neill mostró la potencia luminosa y apasionada de su voz y la belleza de su timbre, aunque con alguna tendencia a estrangular los sonidos en el límite de la tesitura por arriba y un canto poco matizado por debajo del mezzoforte. Estupendo John Tomlinson, que me pareció que cantaba con una línea más homogénea y estable, también más cuajada de detalles, que hace un año en este mismo escenario con el primer acto de La Walkyria. Rotundo y vibrante Peter Mattei, cuya pasta vocal, menos oscura de lo que quizá requiera el personaje, no le impidió construir un Pizarro tan odioso y deleznable como corresponde. Adriana Kucerova tuvo al principio algunos problemas para hacerse oír, pero cantó su parte con gusto y delicadeza, mientras que Stephan Rügamer mostró un interesante instrumento lírico en su breve cometido y Viktor Rud, algo de rudeza como Don Fernando.

[Publicado en Diario de Sevilla el miércoles 5 de agosto de 2009]

lunes, 3 de agosto de 2009

Aniversario romántico

Daniel Barenboim y la Orquesta West Eastern Divan en el Teatro de la Maestranza de Sevilla el 2 de agosto de 2009 (© Juan Carlos Vázquez / Diario de Sevilla)
ORQUESTA WEST EASTERN DIVAN

Gira 2009. Director: Daniel Barenboim. Programa: Los Preludios de Franz Liszt; Preludio y Muerte de Amor de Tristán e Isolda de Richard Wagner; Sinfonía fantástica de Hector Berlioz. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Domingo 2 de agosto. Aforo: Casi lleno.

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ANIVERSARIO ROMÁNTICO

Un año más, la Orquesta del Diván, el conjunto de jóvenes nacido de la iniciativa del intelectual Edward Said y el músico Daniel Barenboim, empezó su anual gira veraniega en Sevilla, aunque éste puede considerarse un año especial, ya que se cumple el décimo aniversario de la puesta en práctica de una idea con dos vertientes que, a medida que pasa el tiempo, parecen estar dando resultados por completo divergentes. Como ya hiciera el año pasado, el propio Barenboim ha reconocido éste su frustación por comprobar que el esfuerzo que llevan haciendo desde la Fundación que sostiene la orquesta por influir en la política de Oriente Medio apenas ha tenido efectos positivos, hasta el punto de que el conjunto ni siquiera ha podido presentarse todavía en la mayoría de los países de donde son originarios sus miembros. Al otro lado, queda la faceta artística, y ahí el proyecto se muestra con una solidez extraordinaria y parece que no para de crecer, pues el de ayer ha sido posiblemente el más redondo de los conciertos que la Orquesta ha ofrecido hasta ahora en Sevilla.

Sin duda buena parte del éxito se debía ya a la elección de un programa de extraordinaria coherencia, que reunía a tres de los más grandes maestros del Romanticismo, estrechamente relacionados entre sí en el París de mediados del siglo XIX, un programa que además conviene de forma muy especial a la batuta de Daniel Barenboim, que ha frecuentado estas obras, de las que ha dejado grabaciones consideradas hoy de referencia.

Tras una introducción si acaso un punto seca, ya en el primer crescendo de Los Preludios de Liszt pudo apreciarse el sentido que la obra iba a ir adquiriendo en la batuta del maestro argentino: tensión hasta los límites de lo soportable, con un contraste muy marcado entre los delicadísimos pasajes líricos, en los que el fraseo se relajaba, aunque sin llegar nunca a lo alicaído ni el amaneramiento, y las brillantes partes épicas, con su preciso tono marcial. El carácter exaltado de la música adquiere tintes por completo turbadores en Wagner, compositor del que Barenboim puede considerarse uno de sus mayores recreadores vivos. Su Tristán resultó modélico en la mezcla de sensualidad y negrura opresiva, y la ejecución de los jóvenes del Diván (con algunos primeros atriles nada menos que de la Filarmónica de Berlín infiltrados en sus filas), portentosa, con una capacidad para la matización de las dinámicas que alcanzó el máximo de su poder expresivo en los pianissimi de cortar el aliento de los violonchelos.

De la transfiguración de Isolda a un Berlioz proteico: el apasionado primer tiempo, con un inicio de exquisita fluidez y claridad, casi alígero, y un final sabiamente rubateado dio paso a un vals elegante y sensual (se nota el paso de Barenboim por Viena este Año Nuevo); vino luego una honda y serena Escena campestre, una marcha frenética y un final en el que lo grotesco se fundió magistralmente con lo demoníaco.

[Publicado en Diario de Sevilla el lunes 3 de agosto de 2009]

sábado, 21 de marzo de 2009

Del Real a Granada

El Palacio de Carlos V de Granada hacia 1885 (© José García Ayola - Museo Casa de los Tiros)
El pasado lunes se presentó la Temporada 2009-10 del Teatro Real de Madrid con amplio eco tanto en la prensa nacional como en los blogs musicales españoles. Justo una semana antes (el lunes 9) se había presentado la edición número 58 del Festival Internacional de Música y Danza de Granada sin que la cobertura mediática rebasara apenas el ámbito de lo local, pues ni los grandes medios nacionales con ediciones andaluzas (El País, El Mundo) se molestaron en informar a sus lectores. Entiendo el interés generado por la programación de uno de los tres grandes contenedores de ópera de España, pero me causa estupor y sonrojo el tratamiento concedido al que, en mi opinión, es el más importante festival español de nuestros días, el de más amplia trayectoria (junto al de Santander) y el de mayor proyección internacional, y ello a pesar de que su presupuesto dista mucho de estar entre los primeros del país.

Más allá de la incomprensible inquina visceral que algunos muestran hacia su todavía director musical, el buen maestro zamorano Jesús López Cobos, la programación del Real ha sido mayoritariamente alabada, y no seré yo quien le niegue elogios a un repertorio que me parece bastante equilibrado, por más que me sobren las versiones de concierto y que me falte un título del siglo XXI, pues, en mi opinión, un teatro como el Real no puede pasar un solo año sin presentar al menos una obra creada en la última década, y en la temporada 2009-10 lo más nuevo será Lulu, que, por mucho que Antonio Moral se esfuerce en hacer referencia a la presentación de la versión completada en 1979 para acercarla a nuestros días, tiene ya más de setenta años.

Con respecto a Granada, reconozco que no soy demasiado imparcial, pues me encanta la ciudad y he disfrutado mucho en el Festival. Por más que discrepe con algunas de sus decisiones (la organización de los matinales de fin de semana me parece francamente mejorable), creo que la dirección de Enrique Gámez ha fortalecido el certamen al apostar (en una línea ya trazada por Alfredo Aracil) por las ideas frente a la acumulación de conciertos y de, más o menos grandes, figuras (o figurones) de la música. Un Festival tiene una función social y didáctica que cumplir, no puede ser una mera agrupación de recitales para la autocomplacencia de los melómanos locales o (peor aún) para el autorreconocimiento social de determinadas elites urbanas. Gámez y su equipo exprimen el magro presupuesto (en la práctica congelado desde hace mucho) al máximo en un intento por conciliar una articulación interna coherente, en torno a unos ejes temáticos vertebradores que den sentido a la muestra, con la presencia de importantes nombres de la música internacional. Pero milagros no se pueden hacer y si no me equivoco este año habrá menos conciertos que en pasadas ediciones.

De la programación estrictamente musical (no comento la danza ni el flamenco, porque se salen de la temática de este blog y porque son disciplinas artísticas de las que entiendo más bien poco) llama la atención esa Carmen de concierto que John Eliot Gardiner dirigirá por duplicado a su Orquesta Revolucionaria y Romántica y al Coro Monteverdi con Anna Caterina Antonacci en el papel de la gitana. Se ha programado a las 10 de la noche, media hora antes de lo habitual, en el Palacio de Carlos V. [Abro paréntesis, patrocinado (eso quisiera yo) por Turismo de Andalucía: para los conciertos que se celebran en el entorno de la Alhambra (Palacio de Carlos V, Patio de los Arrayanes, Teatro del Generalife), que por supuesto es el centro neurálgico del Festival, yo recomiendo subir a pie tranquilamente por la Cuesta Gomérez (cuidado con los autobuses, que bajan como si participaran en un rally), con tiempo suficiente, acceder a los alrededores del Palacio por la Puerta de la Justicia, tomarse una limonada antes de pasar el control de acceso al concierto (la cerveza suele estar más fresquita en el intermdio o al final), traspasar la Puerta del Vino y desde la Plaza de los Aljibes disfrutar de las vistas sobre el Albaicín.]

La programación sinfónica incluye una nueva visita de la London Symphony (estuvo hace un par de años o tres con Colin Davis), esta vez dirigida por Michael Tilson Thomas, que debuta en Granada con un doble programa del siglo XX (Debussy, Ravel, Villa-Lobos; Ives, Prokofiev, Stravinski) y la joven pianista Yuja Wang, de la que nada sé. Como es habitual en el último lustro, el Festival lo cerrará Daniel Barenboim con su Staatskapelle de Berlín, que dará tres conciertos recortados a causa de la crisis, pues se han caído del cartel los inicialmente previstos Waltraud Meier (Canción de la Tierra) y Pierre-Laurent Aimard (un Concierto de Bartók). En su lugar, Barenboim volverá a sentarse al piano para ofrecer otra vez el 3º de Beethoven en un primer día que completa con Mendelssohn y Mahler (Adagio de la 10ª). El segundo día llega por fin el homenaje a Elliott Carter en principio previsto para 2008, el año en que el compositor americano cumplía los 100 años (Symphonia: Sum Fluxae Pretium Spei): el concierto se completa con Wagner. El último día Barenboim vuelve sobre Bruckner (el año pasado ofreció la trilogía sinfónica final) interpretando la 4ª en un concierto que supongo tendrá algo más. La oferta sinfónica en el Palacio de Carlos V la completa la orquesta local, que acompañará a Mariola Cantarero en un programa belcantista. Arriesgada me parece la apertura, pues se trata de un recital de lied de Edita Gruberova que se ofrecerá en el Carlos V: para mí es una incógnita cómo puede funcionar allí la canción de cámara, que tan bien suena en el Patio del Hospital Real.

Las matinales de sábados y domingos (que siguen siendo gratuitas, algo que no comprendo, sobre todo desde la existencia del FEX) están este año dedicadas al tercer centenario de la expulsión de los moriscos, y su nivel me parece notablemente inferior al de ediciones anteriores. Hay un recital del magnífico organista jerezano Andrés Cea y se incluye un concierto de Stile Antico, uno de los conjuntos ingleses de polifonía más prometedores de nuestros días, pero ni La Folía de Pedro Bonet ni el Lachrimae Consort de Philippe Foulon me parecen conjuntos destacables en el actual panorama europeo y la Capella de Ministrers es un grupo demasiado irregular y tampoco de los punteros, si bien la segunda de sus actuaciones la comparte con el Ensemble Akrami en un interesante proyecto sobre la música andalusí de la Valencia de los siglo XII y XIII.

Poco más queda de música en el programa central del festival, aunque lo que queda es muy atractivo, pues seductora es la perspectiva de escuchar la Suite Iberia en los Arrayanes, interpretada además por Luis Fernando Pérez, quien recientemente grabó una estupenda y sorprendente versión de la obra para el sello Verso. El homenaje a Albéniz en el año del centenario de su muerte se completa con el café-concierto en el teatrillo del Alhambra Palace (que recomiendo sin reservas, pues el ambiente es muy agradable y sus vistas al atardecer son impresionantes), este año sólo un programa (tres días seguidos), que ofrece la joven pianista donostiarra Judith Jáuregui. Otro de los platos fuertes del Festival será el estreno del Libro de las estancias, del siempre fascinante Sánchez Verdú, una obra que es encargo del propio festival granadino en coproducción con el Instituto Valenciano de la Música, y que en su presentación contará con las voces de Carlos Mena y Marcel Pérès.

Finalmente, no deben olvidarse los dos conciertos que (lunes y martes posteriores al cierre oficial del certamen) ofrecerán los profesores de los Cursos Manuel de Falla, una nómina compuesta por importantes maestros del historicismo (este año, entre ellos, Maggie Cole, Jaap ter Linden, Carles Riera, Josep Borràs, Ab Koster o Erich Hoeprich) que tocarán obras de Haydn, Mozart y Brahms (Quinteto con clarinete), ni el FEX, el Festival Extensión, que lleva la música a todos los rincones de la ciudad durante los días que dura la muestra. Visitar Granada es siempre un placer. Hacerlo entre el 25 de junio y el 14 de julio próximos supone además una ocasión extraordinaria para conocer la ciudad inmersa en la materia de la que están hechas las grandes emociones artísticas, la música.

martes, 3 de febrero de 2009

Barenboim le felicita el año nuevo

Concierto de Año Nuevo 2009
NEUJAHRSKONZERT 2009
Orquesta Filarmónica de Viena
Director: Daniel Barenboim

Johann Strauss II (1825-1899):
1. Obertura de Eine Nacht in Venedig [versión de Berlín]
2. Märchen aus dem Orient. Walzer, Op.444
3. Annen-Polka Op.117
4. Schnellpost-Polka. Polka schnell, Op.159
5. Rosen aus dem Süden. Waltzer, Op.388
[Secuencia filmada de paisajes de Estiria y Carintia, en el sur de Austria]
6. Freikugeln. Polka schnell, Op.326

7. Obertura de Der Zigeunerbaron
8. Marcha de entrada de Der Zigeunerbaron
9. Schatz-Walzer, Op.418
[Secuencia filmada con el ballet de la Staatsoper y de la Volksoper de Viena. Coreografía: Vladimir Malakhov]
10. Joseph Hellmesberger II (1855-1907): Valse espagnole
11. Johann Strauss I (1804-1849): Zampa-Galopp, Op.62

Johann Strauss II
12. Alexandrinen-Polka. Polka française, Op.198
13. Unter Donner und Blitz. Polka schnell, Op.324
14. Josef Strauss (1827-1870): Sphären-Klänge. Walzer, Op.235
[Secuencia filmada del macizo de Dachstein (Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1997)]
15. Johann Strauss II: Éljen a Magyár! Polka schnell, Op.332
[Secuencia filmada con el ballet de la Staatsoper y de la Volksoper de Viena. Coreografía: Vladimir Malakhov]
16. Franz Joseph Haydn (1732-1809): Finale: Presto - Adagio de la Sinfonía nº45 en fa sostenido menor Los Adioses
[Secuencia filmada con imágenes del lugar de nacimiento de Haydn en Rohrau y de us casa en Eisenstadt]

Johann Strauss II
17. So ängstlich sind wir nicht! Polka schenll, Op.413
18. An der schönen blauen Donau. Walzer, Op.314
[Con alumnos de la escuela de ballet de la Staatsoper de Viena. Coreografía: Lukas Gaudenark]
19. Johann Strauss I: Radetzky March

BONUS:
1. Schatz-Walzer [Secuencia de danza completa]
2. Éljen a Magyár! [Secuencia de danza completa]
3. Linz 2009 [Documental: La capital de Alta Austria se convierte en Capital Europea de la Cultura]

Director de vídeo: Brian Large
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DECCA 074 3317 (DVD) 478 1133 (2 CD) (Universal) [115'58'' - Bonus DVD: 7'30'' - 2'38'' - 24'31'']
Grabación: Enero de 2009


La publicación en dos formatos (DVD y doble CD) del Concierto de Año Nuevo corresponde esta vez a Decca, que documenta así la primera presencia de Daniel Barenboim en el podio de la Sala Dorada del Musikverein en fecha tan señalada. Barenboim incluyó como novedad de repertorio el final de la Sinfonía de los Adioses, escenificada como de costumbre entre las risas de todos. El peso del programa siguió en cualquier caso recayendo en polcas, valses, marchas y oberturas de la familia Strauss y otros compositores cercanos. Después de la estimulante sorpresa que supuso el año pasado la volcánica presencia en el podio del octogenario Georges Prêtre, Barenboim ofreció una visión diferente de este repertorio, que dibujó con una robustez sinfónica y una intención analítica que, en cualquier caso, no significó merma en la elegancia de una música que sonó clara y distinguida (especial detalle y refinamiento puso el maestro israelí en los valses), acaso sin el mágico control del rubato de un Clemens Krauss o un Carlos Kleiber y sin la chispa alígera de un Willy Boskovski, pero con toda la pátina de una tradición que se renueva año a año. Enésima, impecable, filmación de Brian Large.

[Publicado en Diario de Sevilla el sábado 31 de enero de 2009]



lunes, 17 de noviembre de 2008

Una Manon de cine

Rolando lee la carta entre las piernas de Anna
La primera sorpresa de este doble DVD que presenta el sello Deutsche Grammophon es la de encontrar a Daniel Barenboim como director musical de Manon de Massenet, un mundo con el que no se le relaciona en absoluto. Y lo cierto es que, en principio, esta coproducción de la Ópera de Los Ángeles y de la Staatsoper de Berlín no estaba destinada al maestro argentino, quien a última hora (se habla de que se incorporó a la producción a diez días del estreno berlinés; la obra se había ofrecido ya en California, dirigida por Plácido Domingo) tuvo que tomar la batuta para ponerse a su frente. Por supuesto, un músico de la talla de Barenboim no tuvo el menor problema en conseguir un sonido de una brillantez y una claridad espectaculares. Su implicación teatral queda también fuera de toda duda, pese a su opinión de la obra ("No es una ópera que pueda ni deba interpretarse sin grandes figuras"), que, por cierto, muchos aficionados extienden a todo el catálogo lírico de Massenet.

Las figuras sostienen en efecto a Manon, y en este caso lo hacen dos de las más importantes de nuestros días, la soprano rusa Anna Netrebko (antes de su reciente maternidad, la filmación data de abril y mayo de 2007) y el tenor mexicano Rolando Villazón, exitosa pareja artística, sobre todo desde la célebre Traviata salzburguesa de 2005. Se da la circunstancia de que poco después de que esta producción se presentase en Berlín, Villazón participó en la Manon de David McVicar que pudo verse en el Liceo barcelonés junto a la francesa Natalie Dessay, producción premiada y también publicada en DVD (por el sello Virgin).

El final de Manon
La dirección escénica corre aquí de cuenta de un neófito en el terreno operístico, Vincent Paterson, conocido coreógrafo y director teatral (responsable de la coreografía del Thriller de Michael Jackson o de Bailar en la oscuridad de von Trier), quien traslada la acción a los años 1950 y hace de Manon una adolescente obsesionada con las grandes estrellas de cine, de forma que ella misma parece sentirse centro de atención de los focos, lo cual se muestra explícitamente desde el principio. El vestuario y el maquillaje hacen de ella una especie de inocente Audrey Hepburn perdida en una estación, luego una encelada Elizabeth Taylor en la intimidad y una glamurosa Marilyn Monroe en el casino, para terminar muriendo como la Maria Falconetti de la Juana de Arco de Dreyer, ante un fondo encendido de rojo y unas sombras que remiten a escenas míticas del Hollywood de los años 30 y 40.

En el aspecto vocal, Netrebko no consigue transmitir en toda su amplitud de matices esta radical evolución, y su personaje resulta demasiado homogéneo expresivamente, aunque eso sí, apoyado en un centro y una línea de canto purísimos y unos agudos firmes y bien colocados (aun sin la cristalinidad y penetración de Dessay). Su sensualidad aporta también verosimilitud a los actos centrales del drama, aunque le falte algo de delicadeza a su "Adieu notre petite table". Quizá más cómodo que con Dessay se encuentra aquí Villazón, más seguro, con la misma pasión y efusividad de siempre (lo que se aprecia especialmente en su vehemente y desgarrado "Ah! Fuyez douce image"), pero más refinado con el fraseo y más delicado con las medias voces. Buen plantel de comprimarios, con mención especial para el Conde de Christoff Fischesser y el Lescaut de Alfredo Daza.

[Publicado en Diario de Sevilla el sábado 15 de noviembre de 2008]

La Manon de Barenboim y Paterson en DG
Jules Massenet (1842-1912): MANON
opéra comique en cinco actos, con libreto de Henri Meilhac y Philippe Gille basado en la novela Manon Lescaut de Antoine-François Prévost d'Exiles (1697-1763)

Anna Netrebko, soprano (Manon)
Rolando Villazón, tenor (el caballero Des Grieux)
Christof Fischesser, bajo (el conde Des Grieux)
Alfredo Daza, barítono (Lescaut)
Rémy Corazza, tenor (Guillot de Morfontaine)
Arttu Kataja, barítono (Brétigny)
Hanan Alattar, soprano (Poussette)
Gal James, soprano (Javotte)
Silvia de la Muela, mezzosoprano (Rosette)
Matthias Vieweg, barítono (Posadero)

CD 1:
1. Acto I
2. Acto II
3. Acto III: Cuadro 1

CD 2:
1. Acto III: Cuadro 2
2. Acto IV
3. Acto V

4. Bonus (Documental): Behind the scenes

Staatsopernchor
Staatskapelle Berlin
Director: Daniel Barenboim

Coproducción de la Ópera de Los Ángeles y la Staasoper Unter den Linden de Berlín
Director de escena y coreografía: Vincent Paterson
Decorados: Johannes Leiacker
Vestuario: Susan Hilferty
Iluminación: Duane Schuler

Director de vídeo: Andreas Morell
Productor: Bernhard Fleischer

Director del documental: Christian Kurt Weisz
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2 DVD DEUTSCHE GRAMMOPHON 073 4431 (Universal) [93'28'' - 65'00'' - 19'27'' (Bonus)]
Grabación: Abril y Mayo de 2007



Massenet: "Obéisons, quand leur voix appelle" (Gavota), del tercer acto de Manon. Anna Netrebko. Arttu Kataja. Coro de la Staatsoper. Staatskapelle Berlin. Daniel Barenboim.

domingo, 10 de agosto de 2008

Wagner en el diván

La Orquesta West-Eastern Diwan con Daniel Barenboim en el Teatro de la Maestranza de Sevilla el 6 de agosto de 2008 (© Manuel Gómez / Diario de Sevilla)
Esta semana ha comenzado la Orquesta West-Eastern Diwan su gira anual de conciertos. El conjunto, formado por jóvenes israelíes, de países árabes de Oriente Medio y andaluces, nació, como es bien sabido, por el impulso y la voluntad de Daniel Barenboim y Edward Said, que pretendían no sólo desarrollar un plan artístico y formativo, al estilo del que tienen ya infinidad de orquestas de jóvenes en el mundo, sino también contribuir a crear foros de diálogo y convivencia entre comunidades encarnizadamente enfrentadas durante décadas. El proyecto, no cabe duda, es hermoso, por más que israelíes y árabes convivan ya diariamente en decenas de conjuntos y orquestas por todo el orbe, pero el carácter específico de esta idea tenía la virtud de que colocaba el foco directamente sobre el problema político que viene condicionando, posiblemente como ningún otro, la vida internacional de los últimos sesenta años. Una iniciativa loable y plausible, por más que no termine de entender por qué la tenemos que pagar íntegramente los andaluces (Andalucía acoge anualmente la concentración previa a la gira de la orquesta, concentración cuyos gastos cubre religiosamente la Junta de Andalucía, exactamente igual que los de la Fundación Barenboim-Said, que mantiene en solitario), pero en fin.

Conviene en cualquier caso ser conscientes de los límites del proyecto. Daniel Barenboim es no sólo uno de los más grandes músicos vivos, sino una persona bien informada y de inteligencia despierta, por lo que no puede dejar de ser consciente de que políticamente la contribución de la Orquesta del Diwan es muy modesta, que a este nivel y a corto plazo se trata de un proyecto por completo inane. En las ruedas de prensa de este año, el pianista-director argentino ha filtrado ya con claridad su comprensión del asunto: la orquesta hasta ahora no ha causado el menor efecto político. Y sinceramente no creo que esta comprensión le haya supuesto decepción alguna, pues se trata de algo de lo que ya tenía que ser consciente. Queda sin embargo, además de la ayuda prestada a unas decenas de jóvenes músicos, un proyecto artístico prodigioso, pues, año tras año, la Orquesta del Diwan se muestra al nivel de los mejores conjuntos de jóvenes de nuestro tiempo (y los hay ya muy buenos). Lo ha reafirmado este año con un primer acto de La Walkyria que ya quisieran firmar muchas orquestas profesionales, aunque el talento de Barenboim y su profundo conocimiento de la músca de Wagner hicieron desde luego mucho en los extraordinarios resultados que, al menos, pudimos seguir en el Teatro de la Maestranza el miércoles pasado (Papagena comentaba algo parecido de su actuación el día antes en la Plaza Mayor de Madrid).

Barenboim decía el martes en rueda de prensa algo tan rotundo como esto: "Nos dicen que somos la orquesta de la paz, que es algo muy halagador, pero lamentablemente no es verdad", y con ello, a pesar de que muchos, llevados por el voluntarismo, terminen por no aceptarlo, no estaba diciendo nada extraordinario, sólo constataba una realidad confirmada por la historia: ni la práctica ni el disfrute del arte nos hacen éticamente mejores. Se tiende a pensar demasiado alegremente que una formación artística intensa hace a los hombres más sensibles y compasivos, pero eso sencillamente no es cierto. Puede hacerlos más sabios, más sensibles a la expresión de las emociones a través de la pintura, la música o la literatura, pero no necesariamente más solidarios ni más sensibles al sufrimiento de sus semejantes; tampoco lo contrario, obviamente. Y desde luego las artes muy poco pueden hacer por sí solas por la mejora moral de los hombres y mucho menos aún por propiciar cambios en la política mundial.

Monumento a Wagner en Dresde
El caso Wagner. Disto mucho del fanatismo casi religioso que muchos muestran por la música de Wagner, pero, moderadamente, disfruto de su obra, y a veces, como el otro día, mucho (en el acto I de La Walkyria hay mucha de la mejor música jamás escrita por el compositor). Wagner fue un antisemita de manual (posiblemente como otros muchos hombres de su tiempo, sin duda, lo cual es siempre una triste disculpa) y a su muerte su legado pasó a ser administrado por una familia que no coqueteó simplemente con el régimen nazi, como se lee a menudo, sino que colaboró de forma inequívoca con él. La música de Wagner fue usada de forma manipuladora por los nazis, sí, pero entre otras cosas porque la ideología nacionalsocialista hundía sus raíces en el idealismo romántico alemán que la obra de Wagner contribuyó a erigir. Por supuesto, los valores de su música están más allá de la instrumentalización que se haya hecho de ella con posterioridad, pero nos ayuda a comprender la realidad a la que antes me refería. La música de Wagner no hizo mejores a los nazis (tampoco la de Brahms, Beethoven o Schubert), como los libros no hicieron mejor a Goebbels, que se jactaba de leer uno al dia (y sin embargo nuestros políticos siguen empeñados en que es bueno que la gente lea; con cada campaña de fomento de la lectura, yo termino preguntándome siempre lo mismo: ¿que la gente lea qué?). Es más, la música (la de Wagner y la de otros, pero sobre todo la de Wagner) fue usada como instrumento de tortura para incrementar el sufrimiento de los prisioneros en los campos. "Hay que oír esto temblando: los cuerpos desnudos ingresaban en las cámaras de gas inmersos en música", escribió Pascal Quignard en El odio a la música. Y después recurría a dos testigos de excepción: "Simón Laks escribió: 'La música precipitaba el fin'. Primo Levi escribió: 'En el Lager la música arrastraba hacia el fondo'". Barenboim, en rueda de prensa en Madrid: "Entiendo a quienes asocian Wagner a su tragedia, pero tampoco pueden impedir que otros que no sufren estas asociaciones disfruten de la música de uno de los más grandes compositores de la historia". Sin duda, pero eso no cambia la realidad. Otra vez Quignard: "La corte del tribunal de Núremberg debió haber exigido que se golpeara en efigie la figura de Richard Wagner una vez al año, en todas las calles de las ciudades alemanas".

Fritz Lang representa lo contrario a los Wagner. Él decidió resistir y, cuando fue tentado por Goebbels para dirigir los estudios UFA, prefirió exiliarse, primero a París, luego a Hollywood, abandonando incluso a su esposa, Thea von Harbour, cercana al régimen. En 1953, amargado de nuevo por la censura política, en este caso maccarthista, Lang consigue filmar tras más de un año sin trabajo La gardenia azul, película de cine negro que algunos consideran menor en su filmografía, yo no tanto. [Y aviso: si alguien no ha visto la película y no quiere conocer su desenlace, debe dejar de leer ahora mismo.] El film desarrolla la típica trama de falso culpable, aunque aderezada con el hecho de que la falsa culpable (es mujer en este caso) se cree también responsable del crimen. Norah Larkin (Anne Baxter), una modesta telefonista que comparte vivienda con dos amigas, sufre un terrible desengaño amoroso el mismo día de su cumpleaños, al recibir desde Corea una carta de su prometido que le comunica que se ha enamorado de otra mujer y piensa casarse con ella. Esa misma noche, Norah acepta la invitación de un donjuán sin escrúpulos, Harry Prebble (Raymond Burr), un pintor de éxito que en realidad creía contactar con una de sus compañeras de piso. Norah bebe esa noche hasta emborracharse y perder el control. Con engaño, Prebble termina por llevarla a su apartamento y cuando trata de forzarla, ella se defiende con un atizador. Aturdida y por completo borracha cae de inmediato desvanecida y cuando despierta descubre que Prebble está muerto. El caso salta a las primeras páginas de todos los medios. El periodista Casey Mayo (Richard Conte), ansioso por conseguir una exclusiva, logra atraer a la desconocida asesina a una entrevista, aunque su rastro es seguido por la policía y Norah es arrestada y acusada formalmente del asesinato de Prebble. Un hecho casi casual lleva a Mayo, que se ha enamorado de la joven, a dudar de su responsabilidad real en el crimen; descubre entonces una nueva pista, que lleva a la policía hasta la auténtica asesina, Rose Miller (Ruth Storey), encargada de ¡música clásica! en una tienda de discos. Y, al final, cuando después de haber intentado suicidarse, Miller confiesa su crimen postrada en la cama de un hospital, para ilustrar el momento culminante de su relato, ¿a qué compositor usa Fritz Lang (o su productor)? Sí, sí, a Wagner.




FICHA TÉCNICA

Título original: The Blue Gardenia (La Gardenia azul)
Año de producción: 1953
Duración: 88 minutos

Director: Fritz Lang
Guión: Charles Hoffmann
Productor: Alex Gottlieb
Fotografía: Nicholas Musuraca
Música: Raoul Kraushaar

Reparto:
Anne Baxter (Norah Larkin)
Richard Conte (Casey Mayo)
Ann Sothern (Crystal Carpenter)
Raymond Burr (Harry Prebble)
Jeff Donnell (Sally Ellis)
Richard Erdmann (Al)
George Reeves (Capitán de policía Sam Haynes)
Ruth Storey (Rose Miller)
Ray Walker (Homer)
Nat King Cole (él mismo)

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