miércoles, 5 de agosto de 2009

Delirio

Daniel Barenboim con la Orquesta West Eastern Divan en el Teatro de la Maestranza de Sevilla el 2 de agosto de 2009 (© Juan Carlos Vázquez / Diario de Sevilla)
FIDELIO

Ópera en dos actos, con música de Beethoven (versión de concierto). Solistas: Waltraud Meier, mezzosoprano (Fidelio / Leonore); Simon O’Neill, tenor (Florestán); Peter Mattei, barítono (Pizarro); John Tomlinson, bajo (Rocco); Adriana Kucerova, soprano (Marzelline); Stephan Rügamer, tenor (Jaquino); Viktor Rud, barítono (Don Fernando). Orfeón Donostiarra. Orquesta del West Eastern Divan. Director: Daniel Barenboim. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Lunes 3 de agosto. Aforo: Tres cuartos de entrada.

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DELIRIO COLECTIVO EN EL MAESTRANZA

Casi un cuarto de hora de vítores y aplausos de un público puesto en pie culminó el Fidelio de concierto que Barenboim presentó el lunes en Sevilla. Una respuesta que es casi imposible de ver en el Teatro de la Maestranza en sus temporadas regulares, y no porque la programación no haya dado pie a ello en más de una ocasión. Antes al contrario, en los últimos años se han visto en Sevilla espectáculos perfectamente equiparables en calidad (si no, superiores) al ofrecido antes de ayer por el maestro bonaerense, pero parece que sólo el público no habitual al coliseo maestrante está dispuesto a dejarse llevar por la pasión más ferviente.

La función (de concierto, lo que nunca deja de ser decepcionante tratándose de teatro lírico) tuvo desde luego un altísimo interés. Barenboim utilizó como obertura la Leonora III (que suele tocarse también como interludio del segundo acto: así, Pedro Halffter hace un par de años en las funciones representadas que ofreció este mismo teatro), y los diálogos (Fidelio es un singspiel, por lo que originalmente mezcla partes habladas y cantadas) fueron sustituidos por una narración, original de Edward Said, que ofrece Leonora, instalada en un hipotético futuro desde el que recuerda y reflexiona sobre los acontecimientos que se desarrollan durante la ópera.

El vigor y la tensión extrema de la obertura la trasladó el director argentino-israelí a toda la obra. Pasados los números cómicos del primer acto, cuya ligereza fue enfatizada por la batuta, se instaló en la escena un clima dramático y exaltado, que refleja bien la visión de un Beethoven heroico, recio, musculoso, cargado de resonancias épicas y metafísicas, lo que no estuvo reñido con la claridad general de las texturas y el refinamiento y la calidez del fraseo. Hubo, en cualquier caso, imprecisiones en algunas entradas (en la obertura, sin ir más lejos) y un exceso de decibelios en determinados pasajes, lo que afectó a las voces, pero, impulsado por la electrizante batuta, la respuesta del conjunto orquestal fue globalmente notable (con algún que otro apuro, más evidente en las trompas), aunque sin alcanzar el estado de gracia, el equilibrio y la claridad del concierto sinfónico del día anterior. Respuesta adecuada del Orfeón Donostiarra, una maquinaria que sigue perfectamente engrasada.

Waltraud Meier se sacó la espina de su irregular actuación de 2008 en el mismo Maestranza durante un recital de cámara y compuso su personaje de forma magistral. Fue ya una delicia escucharla como narradora y, obviando algunos agudos gritados al final (impulsada sin duda por un sonido orquestal demasiado poderoso), mostró mantener su voz en un nivel altísimo: homogénea, bien colocada siempre, reluciente arriba, con una extraordinaria capacidad para la matización (prodigiosa en su aria, con la que fue aclamada), una limpidez prosódica y una elegancia en el fraseo admirables. Simon O’Neill mostró la potencia luminosa y apasionada de su voz y la belleza de su timbre, aunque con alguna tendencia a estrangular los sonidos en el límite de la tesitura por arriba y un canto poco matizado por debajo del mezzoforte. Estupendo John Tomlinson, que me pareció que cantaba con una línea más homogénea y estable, también más cuajada de detalles, que hace un año en este mismo escenario con el primer acto de La Walkyria. Rotundo y vibrante Peter Mattei, cuya pasta vocal, menos oscura de lo que quizá requiera el personaje, no le impidió construir un Pizarro tan odioso y deleznable como corresponde. Adriana Kucerova tuvo al principio algunos problemas para hacerse oír, pero cantó su parte con gusto y delicadeza, mientras que Stephan Rügamer mostró un interesante instrumento lírico en su breve cometido y Viktor Rud, algo de rudeza como Don Fernando.

[Publicado en Diario de Sevilla el miércoles 5 de agosto de 2009]