jueves, 13 de agosto de 2009

Albéniz y el jazz

Karin Lechner (en el centro) con sus hermanos Federico y Constanza
KARIN LECHNER / FEDERICO LECHNER

Noches en los Jardines del Real Alcázar. Karin Lechner y Federico Lechner, piano. Programa: Isaac Albéniz y su época. Lugar: Jardines del Alcázar. Fecha: Martes 11 de agosto. Aforo: Lleno.

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ALBÉNIZ Y EL JAZZ

Los hermanos bonaerenses Karin y Federico Lechner ofrecieron un espectáculo singular y muy entretenido en el que combinaron la música de Albéniz con la de algunos de sus más eximios contemporáneos (Debussy, Ravel, Falla), el recital académico con la sesión de jazz. Karin Lechner, pianista de larga trayectoria, comenzó ofreciendo tres piezas de Iberia en las que convenció más por la forma que por el fondo. Admirable del todo punto fue Evocación, que destiló pura esencia impresionista, pero El Puerto y, sobre todo, Triana, no estuvieron a su altura. Por supuesto, sí en la técnica, intachable, y en la musicalidad, que corre de manera indudable por las venas de la pianista argentina, pero faltó ese toque hondo que necesita una obra como la de Albéniz, ese mirar detrás de las notas, el matiz justo en el color, el entendimiento profundo del ritmo capaces de crear la atmósfera de encantamiento que han logrado los más grandes. Algo bruscos los contrastes, bien matizados en cualquier caso, en El Puerto; demasiado seca Triana, sin que ese "Gracioso y suave" que escribe el compositor al principio de la partitura se materializara en la noche sevillana.

Después Karin ofreció una versión intensa, nerviosa y muy apasionada de La danza del fuego de Falla. Eso fue justo después de que los dos hermanos tocaran a cuatro manos una peculiarísima versión de un número de Ma mère l'oye de Ravel, con la línea melódica no siempre en primer plano y unos graves en clave jazzística. Federico, pianista de jazz, había dado muestras ya de lo que podía hacer a partir de un par de preludios de Debussy: fueron unos Pasos sobre la nieve y unos Fuegos artificiales, en los que de repente se cruzó la Muchacha de los cabellos de lino, que transformó haciendo suyos el ritmo y los jirones de la melodía más que la esencia sutil y leve del músico francés. Febril resultó su Albéniz final, con aromas de tango rioplatense y una Malagueña que nos golpeó con un obsesivo ostinato en la mano izquierda y un despliegue de virtuosísticas y alucinadas variaciones en la derecha.

[Publicado en Diario de Sevilla el jueves 13 de agosto de 2009]