viernes, 20 de febrero de 2009

No digáis que se agota su tesoro

El joven John Stuart Mill sintió un profundo desasosiego al descubrir que el número finito de notas musicales unido a la extensión práctica máxima de una obra musical, conducía a pensar que pronto el mundo quedaría falto de melodía. En la época en que Stuart Mill se sumía en la melancolía, ni Brahms, ni Tchaikovski, ni Rachmaninoff ni Stravinsky habían nacido, por no hablar de géneros nuevos como el ragtime, el jazz, los musicales de Broadway y la música electrónica con los blues, el country y el pop, el rock & roll, la samba, el reggae y la música punk. A estas alturas, resulta improbable que lleguen a faltarnos melodías, porque la música es una combinatoria: si cada nota de una melodía puede ser seleccionada a partir de, digamos, ocho notas de media, hay 64 pares de notas, 512 motivos de tres notas, 4096 frases de cuatro notas que, sucesivamente, irán multiplicándose hasta dar un total de billones y billones de piezas musicales.

[Steven Pinker, How the Mind works (Cómo funciona la mente), 1997
Traducción al castellano de Ferran Meler-Orti (Destino, Barcelona, 2001. En colección Imago Mundi, 2007)]