viernes, 27 de febrero de 2009

Eli, Eli, lama sabactani

Dueño ya absoluto de su cuerpo, el último día, cuando se disponía a partir de Aquisgrán, Händel se detuvo ante la iglesia. Nunca había sido especialmente piadoso, pero ahora, habiendo recuperado milagrosamente la capacidad de andar, al avanzar hacia el coro, donde se encontraba el órgano, se sintió conmovido por lo inconmensurable. Tanteando con la mano izquierda, rozó las teclas. Y sonó. Sonó de un modo claro y puro a través de aquel espacio receptivo, en quietud. Vacilante, lo intentó la derecha, la que durante tanto tiempo había permanecido cerrada, encogida. Y, he aquí que, también bajo ella, un acorde resonó como una fuente de plata. Poco a poco empezó a tocar, a improvisar, y la gran corriente le arrastró. Prodigiosos, los sonoros sillares se alzaron y montaron unos sobre otros, invisibles. Espléndidos, ascendían y ascendían por las airosas construcciones de su genio sin sombra, inmaterial claridad, luz sonora. Abajo, las monjas y los fieles, anónimos, escuchaban con atención. Jamás habían oído tocar a un hombre de esa manera. Y Händel, la cabeza inclinada con humildad, tocaba y tocaba. De nuevo había encontrado el lenguaje con el que hablaba con Dios, con la eternidad y con los demás mortales. De nuevo podía componer. De nuevo, crear. Sólo ahora se sintió restablecido.

-He regresado del Hades –dijo orgulloso Georg Friedrich Händel, ahuecando el amplio pecho y extendiendo los poderosos brazos, al médico de Londres, que no podía por menos de admirar aquel milagro de la medicina.

Y con toda su fuerza, con el ímpetu de un furibundo guerrero, sin demora y con redoblada avidez, el convaleciente se volcó de nuevo en su obra. El hombre de cincuenta y tres años había recobrado su vieja combatividad. Escribió una ópera. La mano curada obedeció magníficamente. Escribió una segunda, una tercera, los grandes oratorios Saúl, Israel en Egipto, y una oda, L'Allegro. Como de una fuente hace tiempo estancada resurgía inagotable el placer creador. Pero los tiempos están contra él. La muerte de la reina interrumpe las audiciones. Después comienza la guerra de España. En las plazas públicas la multitud se reúne todos los días gritando y cantando, pero el teatro permanece vacío, y las deudas se acumulan. Después viene el duro invierno. Sobre Londres cae un frío tal que el Támesis se congela y los trineos marchan sobre la reluciente superficie haciendo sonar los cascabeles. Durante esta época terrible las salas permanecen cerradas, pues ninguna música celestial afrontaría el frío de aquellos locales. Entonces enferman los cantantes. Uno tras otro, los conciertos tienen que ser suspendidos. La precaria situación en la que se encuentra Händel empeora cada vez más. Los acreedores apremian, los críticos insultan, el público se mantiene indiferente y mudo. Poco a poco, ese hombre que lucha desesperadamente pierde el coraje. Una representación benéfica acaba de librarle de ir a la cárcel por deudas. Pero, ¡qué vergüenza tener que ganarse la vida como un mendigo! Händel se aísla más y más, y su ánimo se torna cada vez más sombrío. ¿No era mejor tener paralizada una parte del cuerpo, y no como ahora toda el alma? En el año 1740 Händel se siente de nuevo un hombre vencido, arruinado, escoria y ceniza del prestigio de otro tiempo. Con esfuerzo, recopila fragmentos de sus obras anteriores. De cuando en cuando, aún es capaz de alguna pequeña proeza. Pero la gran corriente se ha secado, y con ella en el cuerpo restablecido la fuerza primigenia. Por primera vez, este hombre colosal se siente cansado. Por primera vez, el espléndido combatiente se ve vencido. Por primera vez, agotada, la sagrada corriente del placer creador, que desde hace treinta y cinco años desbordara fecunda todo un mundo, se paraliza. De nuevo, se ha terminado. De nuevo. Y el desesperado lo sabe o cree saberlo. Se ha terminado para siempre. ¿Para que me permitió Dios resucitar tras mi enfermedad, si los hombres vuelven a sepultarme?, suspira. Sería mejor que hubiera muerto, en lugar de, como una sombra de mí mismo, vagar por este mundo helado, vacío. Y en su rabia a veces murmura las palabras de aquel que fue colgado en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
[Stefan Zweig, Sternstunde der Menschheit (Momentos estelares de la humanidad: "La resurrección de Georg Friedrich Händel"), Williams Verlag, 1976.
Traducción al castellano de Berta Vias Mahou (El Acantilado, Barcelona, 2002; duodécima reimpresión, 2008)]