sábado, 24 de abril de 2010

Cuadros de una maldición

Florencia Bécquer y Julio Rey de las Heras en La Aldea maldita de Florián Rey (1942)
En 1929-30, Florián Rey había filmado, a partir de una idea original, La aldea maldita, un duro drama rural que es considerado de forma casi unánime como la mejor película del cine mudo español y posiblemente también la mejor obra de su autor. Sin un solo movimiento de cámara, con un tratamiento originalísimo de los encuadres y una sobriedad tanto en la narración como en el trabajo de los actores que muchos han relacionado con el cine soviético y alemán de la época, Rey conseguía una especie de encadenamiento de cuadros de impactante fuerza visual y expresiva.

Trece años después, el cineasta volvió sobra la película para ofrecer una versión nueva, ya sonora, en la que aun con la misma temática, las diferencias son más que notables respecto a la obra de 1929. Cuando hace unos años tuve ocasión de ver por vez primera las dos películas (una detrás de otra, pues cada una dura aproximadamente una hora; de la 2ª hay al parecer una versión de 88 minutos que no conozco) me sorprendió mucho comprobar que las diferencias, incluso argumentales, eran mucho mayores de lo que se sugería en todo lo que yo había leído sobre la cuestión. En un agudísimo trabajo que enlazo al final, Agustín Sánchez Vidal ha profundizado en la comparación, llegando a conclusiones que yo intuí en aquella primera visión y que he reafirmado cuando esta semana he vuelto a ver las dos películas. Vaya por delante que el film de 1942 me parece también excelente, aunque los perfiles más ácidos de la versión de 1929 han sido limados y se ha marcado mucho más el sentido de la religiosidad y el renacer que se le asocia ("... que en España empieza a amanecer"; no olvidemos que estamos en la inmediata posguerra). Sobre todo ello se extiende con perspicacia Sánchez Vidal, así que dejaré ya el tema.

En cualquier caso, lo que aquí me interesa es el empleo de la música sinfónica, que Rey encargó a su hermano, Rafael Martínez, responsable, junto a Guadalupe M. del Castillo, de las adaptaciones musicales. Aunque son muchos los momentos ambientados con obras clásicas, he escogido tres: el primero relaciona la tempestad y el pedrisco con Wagner y su Holandés, otra historia de malditismo; el segundo es una de las mejores escenas de la película: el éxodo, que es acompañado por un fondo con los Cuadros de una exposición de Mussorgsky (todas las carretas son ahora Bydlo); el tercero, reincide en Mussorgsky, que aparece también en otros momentos de la película, en este caso para realzar con la majestuosidad de La gran puerta de Kiev la metáfora de la renovación de la vida en el seno de la comunidad rural y cristiana, con las parábolas del hijo pródigo, la Magdalena y el lavatorio reunidas en una especie de gran epifanía en torno a la idea del perdón.

1. Wagner y la tempestad
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2. Mussorgsky en el éxodo
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3. Mussorgsky en el final
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FICHA TÉCNICA

Título original: La aldea maldita
Fecha de producción: 1942
Duración: 62 minutos

Director: Florián Rey
Guión: Florián Rey
Productor: Miguel de Pereyra
Fotografía: Heinrich Gärtner
Ayudante de dirección: Alfredo Hurtado
Montaje: Gabriel Peñalba
Adaptaciones musicales: Rafael Martínez y Guadalupe M. del Castillo
Sonido: Alfonso de Carvajal
Vestuario: Monfort, Etelvina y Peris hermanos
Maquillaje: Julián Ruiz
Decorados: Antonio Simont

Reparto
Florencia Bécquer (Acacia)
Julio Rey de las Heras (Juan)
Delfín Jerez (Abuelo Martín)
Agustín Laguilhoat (Justo)
Alicia Romay (Luisa)
José Sepúlveda (José)
Pablo Hidalgo (Lucas)
Victorita Franco (Niño)

[Agustín Sánchez Vidal compara las dos versiones de la película.En IMDb. En la Filmoteca de Andalucía (pero luego ponen un comentario de la versión antigua). En Wikipedia. En Wikipedia (versión de 1929). La edición del guión. Joaquín Vallet Rodrigo en Miradas de cine, sobre la versión primera. Ángel Fernández Santos en El País sobre Florián Rey. Florián Rey en Wikipedia.]

Wikio

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha encantado el Bydlo (muy bien traído el cuadro, claro) pese a estar espantosamente desafinado. Es sorprendente lo poco que importan esos detalles técnicos frente a la expresividad cuando la música es funcional: lección a tener muy en cuenta para los de la HIP (y para los demás, claro).