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domingo, 26 de octubre de 2008

Chez Lillas Pastia: el Real y las uvas

Con la venia, míster Vayón

Que digo yo que Don Pedro I el Afortunado va tan sobrado últimamente que no le basta con las alabanzas que le llueven desde media galaxia por su intrepidez programadora, Segismundo y Fausto en la misma semana y no le han quemado el teatro, menudo logro, hasta se permite despreciar el Real Sitio, ese puesto por el que tanto trabajaron sus mayores, que se peleen otros, que yo aquí me quedo comiendo un huevo. Más de uno se ha acordado esta semana de Esopo, el del cuento aquel de la zorra y de las uvas, y algunos otros de aquello tan bien traído del que fue a Sevilla y se quedó sin silla... Y mientras, la casa común sin barrer, con el One empeñado en colarse en una fiesta con traductores, el Poeta con Cartera repartiendo caciquiles prebendas en su pueblo y el Comandante Juan Carlos achicando las aguas que se le filtran a López al Cuadrado por las junturas de su Plaza Fuerte, esa que se apellida Nacional y parece el patio trasero de su casa, guateques para amiguetes, saca el güisqui y tráete el casete. Menuda tropa... Y entretanto el Real Sitio sin proyecto, sin programa, sin nombres, sin futuro, con Alberto Pasquinero buscando cuartos para pagar las deudas hasta en la basura, y Gustavo Milagritos y Daniel Segundo de las Islas (el Primero no se viene ni loco, lo que yo le diga), sobrevolando la plaza mientras se depilan los pelos del cuello... Sabe lo que le digo, que ya puestos, lo mejor sería darle el puesto a Radio Fernando sobre la marcha, que ese tiene un hambre que se come las uvas hasta verdes...

Monsieur Pastia


sábado, 26 de julio de 2008

Chez Lillas Pastia: Los hilillos y el comer

Con la venia, míster Vayón

Que digo yo que si usted no libra nunca, que hasta yo me canso leyéndolo, incluso ahora que me he tomado unas vacaciones y tengo más tiempo para el ocio inteligente. No, no piense mal, que no he acompañado al Emperador y sus centuriones a la patria de Pu Yi, allá se las apañen ellos con las equicientas partículas de CO2 por millón y las chiquimiles porras extensibles por losa cuadrada o romboidal. No, tampoco he hecho la ruta de las playas mediterráneas ni del bacalao, apenas tres días en la France neonapoleónica y luego vuelta a la piel de toro, que no está mi desacelerado bolsillo para dispendios, sobre todo teniendo en cuenta que, como bien sabe, soy de esos que gustan del buen comer y el mejor beber y por menos de 40 euros por cubierto no me molesto en poner un pie fuera de mi casa. Aunque, a fuerza de serle sincero, puedo asegurarle que cada vez me van quedando menos ganas de ponerlo (fuera de casa, el pie), y no crea que es por las polémicas churrientas aventadas por cacerolos mediocres con deseos de medrar ni por la pérdida de calidad gastronómica de nuestras mejores sartenes ni siquiera por la inflación, que donde antes ibas cuatro veces ahora vas tres y santas pascuas, es más porque uno tiene ya una edad y no está dispuesto a soportar lo que en muchas casas de comidas pretenden hacerte soportar. Que en multitud de restaurantes españoles aún pueda entrar cualquier tipo en bermudas o traje de armani a estropearte el solomillo de ternera en salsa de trufas negras con su apestoso marlboro resulta ya tan terriblemente patético que para qué le voy a contar, si hasta una de las mejores cadenas de hoteles nacionales permitía hasta no hace ni dos años fumar en la zona de desayunos, país de bárbaros. Pero eso casi no es lo peor, qué puede esperarse al fin de un gobierno ultrapopulista que mantiene a un ectoplasma con barba como ministro de sanidad... Lo peor es el hilillo musical con que te atormentan hasta en los comedores más reputados y prestigiosos. Hubo un santuario, hará ya un lustro, en la vieja, ancha y noble Castilla, de esos que no dejan de aparecer en las guías más célebres y encopetadas ni de serte recomendado por los amigos más fiables, que se me cayó al nivel de la ermita de aldea nada más traspasar el umbral, hasta me temblaban las piernas por la emoción, figúrese, al descubrir horrorizado a la orquesta de Paul Mauriat de fondo. La semana pasada rocé otra vez la catástrofe, cuando en la costa cantábrica, en un local de esos que se adornan, henchidos de hortera orgullo, con reportajes fotográficos de los personajes ilustres que suelen visitarlo, realeza incluida, tuve que solicitar a la amable camarera, entre compungido y abochornado por las miradas que me lanzaba mi partenaire sueca con cara de no entender nada, que si era posible que bajasen un puntito el volumen de Kiss FM, o “si pueden quitarla directamente, vaya” (espero que al menos sonase todo lo impertinente que pretendí que sonase, aunque allí siguió, si bien a menor volumen, el hilillo popero flotando entre las alcachofas y los boletus). Cien euros con su pico costó la fiesta, y eso que mi sueca era vegetariana (y seguirá siéndolo, supongo), no vaya a pensarse que le hablo de una taberna de puerto. Consultas de odontólogos y urólogos orleros, taxis prerrafaelistas, supermercados pantagruélicos,
posmodernos baretos y salones de toda categoría y condición, gimnasios purulentos, grandes almacenes y los chicos, boutiques rococós, hasta bancos y alfarerías te abruman ya con una música (o lo que sea que vomitan sus infectos altavoces) que nadie les ha pedido. ¿Hasta cuándo, lo sabe usted que es una persona sensible e instruida, hasta cuándo seguirán abusando de nuestra paciencia? Sabe qué le digo, que hace bien con su industriosa y solitaria dedicación literaria, en un búnker terminaremos todos, protegidos de la barbarie que nos asola, que ni comer tranquilos, sin humos y entre susurros, nos dejan ya.

Monsieur Pastia

viernes, 20 de junio de 2008

Chez Lillas Pastia: El canon

Con la venia, míster Vayón.

Que digo yo que esta cosa del canon es como la gabela esa de los aviones, que te cobran la comida (o lo que sea) por si acaso se te ocurre probarla, algunos pican, que los he visto yo. Porque eso de progreso para todos cargando impuestos al mismísimo progreso para beneficiar a una grey de luddistas decimonónicos no me dirá que no tiene gracia. Y es que el cuento es muy viejo, el ser humano es por naturaleza conservador y la máquina siempre ha sido sospechosa, figúrese que los amanuenses del siglo XV hubieran querido cobrar por cada imprenta que se instalaba por entonces en Europa (porque los amanuenses no tuvieron a su teddy bear, que si no, nos iluminaríamos todavía con teas paleolíticas, los vendedores de grasa de bisonte colgando de un manzano a Thomas Alva Edison, me parece estar viéndolo). Sí, sí, ya sé que ellos tienen la coartada del artisteo, que la sociedad se derrumba y todo eso si Lucía Etxebarría o los Mojinos Escozíos dejan de producir sus obras, ciegos nos quedaríamos todos, como en la metáfora aquella de Saramago, si de repente perdiéramos la luz que nos guía, el ballet de Giorgio Aresu, las novelas de Matilde Asensi, las series de Emilio Aragón, qué catástrofe... Figúrese que se piensan que las grabaciones sonoras han existido siempre y que el cine lo mismo, y que no se puede vivir de otra forma, que arte y derecho de autor es todo la misma cosa y que las relaciones entre los creadores y las sociedades han sido siempre las mismas. Que mal acostumbrados los tenemos, los hemos convertido en nuestros brujos y ahora nos recetan soltar el ancla y pagar, que ya ellos se encargan de nuestra felicidad... Si por lo menos hubieran leído a Benjamin... Disculpe esta tocada de pelotas, míster Vayón, que ya sé que usted vive de la cosa esta de que haya discos que comentar y tal y tal, pero es que si no lo suelto, reviento, y además seguro que otra cosa le saldrá, que usted lo vale.

Monsieur Pastia

domingo, 8 de junio de 2008

Chez Lillas Pastia: Las Olimpiadas

Con la venia, míster Vayón.

Que digo yo que el problema es que nunca se nos han dado demasiado bien las cuentas, que las olimpiadas matemáticas siempre han sido cosas de piojos del norte con cerebros computerizados, que inventen ellos y todo eso. Y si el pueblo soberano tiene problemas con las sumas hasta cuando da propinas, qué vamos a exigirle a la clase dirigente más populachera conocida desde que la reina borbón bailase rigodones con sus ministros. Fíjese, por ejemplo, en Maribel y sus vestiditos: desde que fue nombrada delegada de la cosa cultural en Sureña, no sale de unas cuentas cuando se mete en otras. Claro que administrar la herencia del Comandante Juan Carlos no debe ser asunto de poca monta, que en cuestión de cuentas ese hombre tiene una querencia por el rojo que ni los vitorinos, digo yo que será por no perder el aprecio del One, el del talante encarnado. Acuérdese del papelón que hizo ella, Maribel, dando razón del presupuesto de esa cosa de la música antigua, que dejó una reducción cercana al 50% en un "más o menos igual que el año pasado". Eso es ingeniería contable y no la de los Albertos. La de números que habrá tenido que hacer esta mujer para juntar los 460.000 euros 460.000 que cuesta llevar este verano a Pedro I el Afortunado a la China. Aunque el Emperador se dio prisa en declarar que en realidad tenemos que estarle agradecidos, que es a él a quien invitan, por ser tan bueno y por haber tenido tanto éxito el año pasado con sus afortunados centuriones de la Gran Canaria en la patria de Pu Yi, y que medio milloncejo por hacer olímpicos a los centuriones sureños es una auténtica ganga, que nos quejamos de vicio. Así que en ese ambiente de exaltación, imbuida de noble espíritu olímpico y con las neuronas en el óptimo de su rendimiento después de tantas sumas, Maribel y sus vestiditos lo soltó, así, sin preparación ni anestesia, que la orquesta de Sureña es una de las ocho mejores del mundo, lo cual, aunque sea opinión que comparte también algún cronista local, no me dirá que no resulta una declaración de impacto, sobre todo si le cuento que las otras siete orquestas no están en Berlín ni en Viena ni en Amsterdam ni en Londres ni en Nueva York ni en Chicago, no, no, no, están en Escocia, en Finlandia, en Frankfurt, en Rotterdam y hasta en Nueva Zelanda. Menudo meneo al escalafón. Esto debe de formar parte de la revolución esa que anunciaba hace unas semanas el Comandante Juan Carlos. Y qué callado se lo ha tenido hasta ahora. Digo yo que habrá sido por lo mismo que don José el de los Concetos, que ha refrenado su lengua durante meses para no perturbar el desarrollo de las elecciones en el Partido Demócrata. ¿Sabe qué? Si Maribel habla hace sólo un mes, este verano nos encontramos a Sir Simon Rattle rascando las tripas de un violín en la calle Tetuán.

Monsieur Pastia

sábado, 31 de mayo de 2008

Chez Lillas Pastia: El enano

Con la venia, míster Vayón.

Que digo yo que en el Arenal estarán ya desatrancando las puertas y revendiendo los sacos terreros. Que quién lo diría, que viniera un degenerado a evitar una nueva Bastilla. Porque hacía años que no se veían por aquí los ánimos tan sublevados, y es que después del holandés calante, el suicida aburreborregos y el gaseoso donjuán muchos nos temíamos ya lo peor. Las hordas burguesas asaltando el palacio imperial, lo nunca visto en Sureña. ¿Y no piensa usted que el Emperador Don Pedro juega con las cartas marcadas? Eso de aparecer a última hora sobre brioso alazán para salvar el palacio de invierno... No sé yo, no sé yo... La culpa la tiene el pueblo, como siempre, que va por detrás del progreso. ¿No le resulta sospechoso que los mejores espectáculos de la temporada (aztecas, florentinos y meninas), hayan caído fuera del repertorio de toda la vida y hayan sido justo los únicos que no han llenado? ¿No le causa asombro que las divas que la aristocracia crítica desprecia sigan siendo adoradas por el vil populacho? Al final tendrá razón mi primo Ildefonso, el que emigró a Alemania hace ya medio siglo: “¿Belcanto? Uf, no me hables más, aquí la gente se duerme con los barberos y las normas y alucina con los lázaros...”. ¿Sabe usted qué? El año que viene, doble ración de Imperio.

Monsieur Pastia