Mi semana ha estado repleta de un Mendelssohn que no tiene nada de épico, y sí bastante de victoriano, comedido y biensonante, pese a los ramalazos de una exuberancia férvida que parece fiel reflejo de la caleidoscópica profundidad que presentan el aroma y el sabor ahumados más sorprendentes, embriagadores y restallantes que yo haya degustado jamás, los de un hijo de la isla de Skye.
Skye es la segunda isla en tamaña de las Hébridas y presenta el paisaje más suntuoso y variado de entre todas las islas escocesas. Praderas, montañas y costas talladas por profundos lagos componen un panorama espléndido por donde todavía resuenan los ecos de la historia de Bonnie Prince Charlie, ayudado en su triste fuga por la patriota Flora Mac Donald. A pesar de su tamaño hay una única destilería en toda la isla, Talisker, un malta que recoge en sus entrañas toda la profundidad del mar que pretende la isla con sus garras, dejando ese sabor salvaje y abisal que tanto amó Stevenson. Agujereada por numerosos lagos marinos, la isla entera parece asediada por el océano y de ahí el característico sabor a algas del único whisky originario de Skye, Talisker, que reina solitario, con su fuerte, salobre y ahumado aroma, como la espléndida corona de un monarca antiguo.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE (1749-1832) Prólogo de Blas Matamoro Ensayo de Eustaquio Barjau CD
1. Carl Friedrich Abel (1723-1787): Arpeggiata (Prelude) Paolo Pandolfo, viola da gamba. [Glossa. 1997]
Ludwig van Beethoven (1770-1827): 2. Wonne der Wehmut Op.83 nº1 3. Neue Liebe, neues Leben Op.75 nº2 Christoph Prégardien, tenor. Michael Gees, piano. [CPO. 1999]
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): 4. "Dies Bildnis ist bezaubernd schön" de Die Zauberflöte KV 620 Leopold Simoneau, tenor. Orquesta Filarmónica de Viena. Director: Karl Böhm. [Testament. 1955] 5. Menuetto de la Serenata en si bemol mayor Gran Partita KV 361 Nachtmusique. Director: Eric Hoeprich. [Glossa. 2001]
Franz Schubert (1797-1828): 6. Gretchen am Spinnrade Op. 2 D.118 7. Kennst du das Land? D.321 Johannette Zomer, soprano. Arthur Schoonderwoerd, piano. [Alpha. 2003]
Johann Sebastian Bach (1685-1750): Das Wohltemperierte Clavier I 8. Preludio en do mayor BWV 846 9. Preludio y fuga en do menor BWV 847 Andrei Vieru, piano. [Alpha. 2005]
10. Johann Friedrich Reichardt (1752-1814): Erwin und Elmire (fragmentos) Aria "Mit vollen Athemzügen" - Accompagnato "Welch eine Klage" - Lied "Sieh mich, Heil’ger" -Dúo "Sie liebt mich" - Finale - Cuarteto "Es ist nicht weit!" Simone Kermes, soprano (Elmire); Johanna Stojkovic, soprano (Rosa); Jörg Dürmüller, tenor (Erwin); Michael Kupfer, barítono (Valerio). Capella Coloniensis. Director: Andreas Spering. [CPO. 1999]
Carl Friedrich Zelter (1758-1832): 11. Erster Verlust 12. Erlkönig 13. Um Mitternacht 14. Klage Harfenspieler III Susan Gritton, soprano [11]; Gerald Finley, tenor [12, 14]; Ann Murray, mezzosoprano [13];Graham Johnson, piano. [Hyperion. 2001 y 2004]
15. Franz Joseph Haydn (1732-1809): Tempo di Menuet de la Sonata en la mayor Hob.XVI:30 Patrick Cohen, piano. [Glossa. 1997]
16. Ludwig van Beethoven: Obertura Egmont Op.84 Philharmonia Orchestra. Director: Otto Klemperer. [Testament. 1957] ---------- EDICIONES SINGULARES ES 1005(Diverdi) [81 páginas; 73'34''] Edición: Julio de 2009
Mis bravos muchachos, no entiendo cómo podéis separar el tema de la música y disfrutar de cada uno de ellos por separado. Decís que el tema no os parece apropiado, pero que habéis optado por ignorar este aspecto y regocijaros con la excelencia de la música. Desde luego, no puedo por menos de admirar la disposición de vuestra naturaleza y el hecho de que tengáis unos oídos susceptibles de atender a los tonos más encantadores mientras que el más poderoso de los sentidos, la vista, está siendo torturado por una temática de lo más absurda. Y es que, ciertamente, no vais a poderme negar que vuestro Moisés [de Rossini] es lo más absurdo que hay. [Atribuido a Goethe en J. P. Eckermann, Conversaciones con Goethe]
Las obras completas de Goethe ocupan 60 volúmenes, y en ellas hay textos literarios en prácticamente todos los géneros (poesía, teatro, novela, relatos, epigramas, libros de viajes, autobiográficos, libros de crítica, traducciones...) y variadas obras científicas (de botánica, de física, de climatología, de mineralogía, de geología). El poeta frecuentó también la pintura y el dibujo, especialmente en su juventud, pero la música siempre lo sobrepasó. Por supuesto que el poeta siguió estudios, poco provechosos, de piano y, según algunas noticias no confirmadas, también de violonchelo, y que en su omnicomprensiva producción dedicó páginas a la música, incluida su Teoría de los sonidos, que no es sino un cuadro sinóptico, un esbozo de poco valor (más o menos como su Teoría de los colores, de la que estaba orgullosísimo), esbozo al que Barjau dedica demasiado espacio en su brevísimo y frugal ensayo.
Goethe tenía opinión para todo, de todo escribió, y la música y los músicos no se escaparon de esa pulsión grafomaníaca. Su afición musical fue desde luego sincera y además mostró una gran honestidad al reconocer en varias ocasiones que la música se escapaba de su ámbito de influencia (así, cuando Eckermann comenta elogiosamente la profundidad y amplitud de miras de su cuaderno de viaje por Suiza, Goethe le responde: "Sin embargo, no encontrará ni una sola palabra sobre música, y ello es así porque la música no formaba parte de mi ámbito habitual de influencia. Cada cual tiene que saber en qué tiene que fijarse durante un viaje y cuáles son los temas que le son propios".). Como demuestra la cita del principio sobre el Moïse de Rossini, en el eterno duelo entre palabra y música, Goethe concedió siempre prioridad a la primera. En cualquier caso, es obvio que como director del Teatro Ducal de Weimar entre 1791 y 1813, el poeta tuvo un estrecho contacto con la música, pues hizo representar centenares de títulos operísticos (280 funciones mozartianas hay documentadas). También fundó un coro en la ciudad y albergó en su casa a multitud de músicos que iban en peregrinaje a conocer al gran hombre y que contribuían a los conciertos domésticos, habituales en todas las grandes mansiones nobiliarias y burguesas de la Alemania de su tiempo.
Barjau comenta escuetamente las relaciones que Goethe mantuvo con los principales compositores de su tiempo: desde Mozart, al que nunca conoció personalmente, aunque recordó toda su vida la impresión que le causó el joven de 7 años que pasó por Francfort en 1763, hasta Schubert, al que ignoró ignominiosamente, o Beethoven, si bien el ensayista elude el supuesto incidente ocurrido entre los dos en el balneario de Teplice (Betina Brentano mediante), convertido hoy en mito, pero que cumple su función de separar los caracteres de los dos grandes genios de la cultura alemana de principios del XIX: el clásico, aristocrático y olímpico Goethe frente al rebelde, plebeyo y desmesurado Beethoven. También conoció a Mendelssohn de niño (y a Clara Wieck, dato que no ofrece Barjau), a Spohr, a Paganini y a Hummel. Sin embargo, la gran relación musical de su vida fue la que mantuvo con Carl Friedrich Zelter, un conservador no demasiado brillante que guió su pensamiento en torno al mundo de los sonidos, por lo que se entiende que tuviera serios problemas para entender la evolución de la música en su tiempo (cuando Mendelssohn tocó en el piano el primer movimiento de la 5ª de Beethoven quedó por completo horrorizado) y que prefiriera las canciones de su amigo (uno de los pocos que tuvo el privilegio de tutearlo) a las de un genio como Schubert. La mayor contribución del ensayo de Barjau consiste precisamente en la justificación de este desatino.
Finalmente, la enorme paradoja ha sido alimentada por el tiempo: ocupando para Goethe la música un lugar absolutamente secundario en su ideario estético y en su labor intelectual, se trata de uno de los escritores más utilizados por los compositores de los últimos 200 años (si no el que más), tanto en obras teatrales como en composiciones sinfónicas, sinfónico-corales o canciones, la mayoría escritas por músicos de espíritu romántico. Y aquí la segunda paradoja: Goethe, el hiperclásico, difundido por artistas que hallaron en su obra los perfiles brumosos e irracionales más adecuados para las expansiones de su romántica pasión.
Reichardt: "Mit vollen Athemzügen" de Erwin und Elmire. [6'34''] Simone Kermes. Capella Coloniensis. Andreas Spering
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